Autor: Alicia Aldrete Haas
En la temporada de lluvias, las caracterÃsticas climáticas y geográficas de Puerto Vallarta hacen que la naturaleza muestre su rostro más activo, el más festivo

La Sierra Madre Occidental, cadena montañosa que corre por la parte del PacÃfico mexicano, cobija con maternal cuidado la BahÃa de Banderas, permite que la biodiversidad encuentre las condiciones apropiadas para su desarrollo en rÃtmico proceso durante el año; con su máxima expresión en el verano, la de vida en nacimiento; la primavera es la etapa de la fecundación; el otoño, de crecimiento; el invierno, fin y renovación.
Lo primero que aparece en el verano es el agua, que se traduce en abundancia, alegrÃa, plenitud, esperanza y belleza.
Verano, término que viene del latÃn “veranum tempusâ€, significa ‘tiempo primaveral’. En Puerto Vallarta, verano quiere decir ‘vida’. No se requiere de ningún diccionario o estudio cientÃfico, sólo hay que mirar alrededor para encontrar los brotes en los 724 diferentes arbustos y árboles, el vuelo de miles de mariposas, escuchar el canto alegre de las más de 428 diferentes aves para saber que ya llegó. Cierto, las montañas de la Sierra Madre Occidental lucen más verdes, pero en estricto sentido nunca abandonan el tono por completo; de hecho, el 70 por ciento de su selva media alta subcaducifolia es la razón por la que nunca se muestra seca.
Considerado el tercer puerto en importancia en México y la segunda zona económica de Jalisco, en verano, Vallarta se distingue por la presencia inminente de la naturaleza. Ahà sigue la actividad nocturna, los buenos restaurantes y hermosas playas, pero en verdad lo que destaca es la fuerza con que se muestra la biodiversidad, la contundencia con que aparece su privilegiada ubicación: un remanse que se forma justo en la BahÃa de Banderas, caldo de cultivo para que la vida, en su máxima expresión, transforme el paisaje.
Eficiente baño
El sistema de riego del PacÃfico mexicano se conforma con el viento cálido del Ecuador y el frÃo del Norte, que al encontrarse en la zona del Istmo de Tehuantepec se dan las condiciones necesarias para su condensación. Se trata de un sistema de irrigación que se desplaza hacia el norte del PacÃfico, y que baña partes del centro de México. Lo mismo sucede del lado del Atlántico, con la Sierra Madre Oriental. Madres al fin, controlan por dónde van las aguas, de la manera más eficiente. Los rÃos son las venas que transportan la vida.
El pálpito
Los seres más pequeños saben que en el verano viene la abundancia de alimento. Los huevecillos de millones de insectos eclosionan, y comienza su efÃmero andar por la vida. Un ejemplo en forma de gusano, atado a la tierra, alimentándose de hojas de la planta que más te gusta de tu jardÃn, una vez satisfecho su apetito se guarda asà mismo para convertirse en una mariposa, que pronto surca los aires.
Las ranas, tan conocidas por todos, después de dormir desde el verano anterior en su refugio, con las primeras lluvias emergen para su cita romántica inicial, se ponen de acuerdo mediante el canto nocturno que logra desesperar a más de un vecino. A la reunión acordada, asisten hembras y machos, y empieza la fiesta de la fecundidad. El resultado son miles de renacuajos que arrancan su desarrollo. Se hacen ranas, e invernan para salir el próximo verano.
Otro caso para ilustrar: la hembra del cocodrilo sabe muy bien cuándo y dónde poner sus huevos. Cuándo, antes de que el agua de rÃo alcance cierto nivel, y que tenga la perfecta combinación salina que provee una marea alta de la bahÃa. Y dónde, en los márgenes, con arena y humedad necesaria. Después de unos 40 dÃas, resulta en el hogar ideal de los bebés.
Ahora pasamos a los que tienen alas. Los patos pichichis, familiares en la zona, son especiales porque son aves diurnas que pueden volar en la noche. Anidan en las copas de las palmeras antes de que comiencen las lluvias, y con las primeras represas, los patitos saben que llegó la hora de pegar el brinco. Esto es literal: caÃda libre de 25 metros de altura; la madre ya está abajo alentándolos a lo que pareciera un salto mortal, para guiarlos rumbo a una laguna.
El venado cola blanca (alias Bambi), habitante de la parte más profunda de la Sierra, también inicia su ciclo de vida al llamado de las tormentas; es concebido previo la temporada de lluvias, con lo que se garantiza el alimento en la primera etapa de crecimiento, de suma importancia como cualquier otro mamÃfero.
Lo verde
Todos los árboles y arbustos de la zona lucen llenos de brotes. Una historia de amor muy especial es la de la higuera; tiene cosechas alternas, para asà garantizar el alimento a variadas especies y su propia pervivencia durante todo el año. Antes del fruto, aparecen las flores, que en tiempo de estÃo viajan con los vientos. Las palmeras a su vez, en el suave y cadencioso baile, seducen a la semilla que se acomoda en lo alto, donde siempre hay humedad. Ahà germina, chiquita, inocente, y tiende delgadas raÃces hasta tocar tierra. Con el paso del tiempo, las raÃces se fortalecen, engordan, abrazan el tronco de quien les permitió desarrollarse, para luego estrangularlo. Abundan esos extraños ejemplares que lucen un troco medio blanco, lleno de ramas y follaje, copeteados con una palmera seca. Es el ciclo de la renovación. Asà lo manda la naturaleza, y la Sierra Madre y el Océano PacÃfico de BahÃa de Banderas siguen las reglas.
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La Sierra Madre en verano
Aura Jaguar
Texto: Alicia Aldrete Haas
FotografÃa: Virgilio Tamez Orozco